28 nov. 2016

UNO DE LOS GRANDES SERVICIOS DE LA CRUZ ROJA: POR RAUL SERRATOS

HEROES ANONIMOS QUE EMERGEN DE LAS CENIZAS.
El día 28 de noviembre de 1948, la ciudad de México amaneció de luto.
Con periódica regularidad las estaciones de radio pedían el auxilio de especialistas que supieran manejar palancas mecánicas para que ayudaran a remover los escombros del edificio que se derrumbó con motivo del incendio más espectacular que registraban los anales, ocurrido en la tlapalería   “La Sirena”.
Así fue como los capitalinos se dieron cuenta de las proporciones de la pavorosa catástrofe que registró un saldo de 12 Bomberos muertos, y un civil de nombre Francisco  Marmolejo Salas, quien al salir de una fiesta y ver la hornaza acudió presto en ayuda de sus semejantes y ahí mismo perdió la vida.
Post mortem, Francisco Marmolejo Salas fue declarado oficialmente y por las autoridades, Bombero Honorario, título que legó a sus familiares para gloria de su memoria.
En el lugar del trágico siniestro se congregó una muchedumbre del Ejército, Cruz Roja, de heroicos tragahumo, donde se seguía removiendo el lodo y los despojos en busca de más personas desaparecidas, cuya pérdida representó un motivo de trágico duelo no solo para México, sino que, cuando la noticia recorrió el mundo de todas partes llegaron mensajes de solidaridad.
El Coronel Artemio Venegas, jefe de turno y responsable de la guardia, fue el encargado de rendir el parte oficial que llegó a manos del propio Presidente de la Republica, Miguel Alemán Valdez.
“A las 2 horas con 32 minutos, la señora identificada como Felisa Revilla, utilizando el teléfono 13-10-56, dio aviso de que en la ferretería  “La Sirena” ubicada en la Avenida 16 de Septiembre número 71, se originaba un incendio de enormes proporciones.
Por ese motivo el uniformado decidió, dado que el siniestro crecía  a límites inesperados, salieran a reforzar el servicio, de la estación de Regina, el Capitán  Ponciano Quiroz Herrera, con15 elementos a su cargo en la bomba “México” y el auto número 8 de la estación Tacubaya, el capitán Inés Preciado Bonilla con 17 bomberos más.

RELATO DE UN BOMBERO
El siguiente relato quedó para la historia y fue registrado por el gobierno capitalino en un compendio en el que rinde honores a los siempre desconocidos tragahumo.
“Yo no sabía realmente por qué a nuestro cuerpo se le llama heroico. En realidad tenía muy poco tiempo de haber ingresado a la policía. Alguien me dijo que necesitaban personal en bomberos y solicité mi cambio. Me atraían los aplausos en los desfiles del 16 de septiembre, los actos de acrobacia y hasta ir por las calles  de la ciudad en los auto-tanques pintados de rojo con sirena abierta y haciendo sonar la campanilla”.
“¡Qué difíciles fueron mis primeras semanas!, los ejercicios; la disciplina del cuerpo, los horarios de trabajo. Sin embargo, fui descubriendo a medida que pasaban los  días el gran espíritu de solidaridad entre mis compañeros.
“Nuestro comandante se llamaba José Saavedra, y todos lo veíamos con gran respeto en la Estación Central de Revillagigedo e Independencia. Nos daba consejos, compartía con nosotros el rancho y a veces por las noches se quedaba con nosotros a escuchar por radio las transmisiones de peleas de box en las que participaban nuestras figuras nacionales del momento.
“Yo era novato en las filas y me emocionaba en extremo cuando  en la madrugada sonaba la alarma. Había tiempos cronometrados para vestirnos, bajar por tubo hasta donde estaban los vehículos, listos para salir a toda marcha hacia el lugar del siniestro.
“Yo seguía sin entender del todo el concepto de heroico. Hasta ese fatídico día de noviembre de 1948.
“Salimos como siempre, después del llamado que nos llegó de la estación. El siniestro estaba localizado a unas calles, casi en la  esquina de Palma y 16 de Septiembre. Un edificio de cuatro pisos. El fuego se había iniciado en la ferretería “La Sirena”.
“Eran las 3 de la mañana. No se veía fuego, pero del edificio escapaba humo negro. Se procedió a romper la enorme cortina metálica mientras otros nos dedicábamos a situar mangueras y a ajustar la presión de las bombas de agua.
“Nuestro comandante, hombre de baja estatura y de unos 35 años de edad iba de un lado a otro, dando órdenes muy precisas para coordinar las maniobras.
“Al fin la cortina cedió y un grupo de compañeros entró al inmueble seguidos por el propio Saavedra. Yo estaba en uno de los carros pendiente de la presión de las válvulas.
“No habían pasado 5 minutos cuando escuchamos una serie de crujidos seguidos de un ruido estremecedor al desplomarse la estructura  del edificio.
“La policía había acordonado el área y contenía a los curiosos, los fotógrafos imprimían sus placas. Una de las ambulancias, que estaba  cerca quedó semidestruida entre los cascotes.
Comenzamos a abrirnos paso entre los escombros, siguiendo la manguera principal. El Primer cuerpo que encontramos, fue el de nuestro comandante, tenía la cabeza destrozada por una vigueta.
Y así fuimos rescatando uno a uno a nuestros compañeros. Cuatro horas después habíamos sacado al último, en total, 12 cadáveres y uno más, el del civil Francisco Marmolejo Salas.
“Alguien gritó ¡Falta Gallegos!
Nuestro sargento había sido el primero en entrar al edificio, llevando una pipeta de la manguera, regresamos a buscar su cadáver y los escombros nos dificultaron el trabajo, pasaron tres días de infructuosos esfuerzos, alguien escucho quejidos, comenzamos a remover es parte. ¡No era posible que estuviera vivo!
Sin embargo ahí estaba, debajo de hierros retorcidos entrecruzados que si bien era cierto, lo habían inmovilizado, también lo protegieron de que le cayeran encima otros escombros.


¿MANOS CRIMINALES EN EL SINIESTRO?
El apoderado y gerente general de la tlapalería y ferretería “La Sirena”, Federico E. Albert, hizo declaraciones a La Prensa en las que categóricamente afirma que manos criminales causaron el incendio que destruyó la vieja negociación y arrojo un enorme saldo de pérdidas humanas.
El propietario de “La Sirena” apunto claramente que, según los bomberos, una persona estaba en el interior del edificio, cuando fueron avisados que estaba envuelto en llamas, como nosotros no tenemos velador –agrego Federico E. Albert- y ninguna persona queda en el interior del edificio, cuando éste se cierra, bien pudo tratarse de un ladrón.

El señor Albert declaró también que hace tres meses, se percataron de que el edificio iba a ser visitado por amigos de lo ajeno, precisamente aprovechando que no había velador.
El robo –dijo-, iba a efectuarse por el último piso, razón por la cual, el señor Albert ordenó que se dejara un foco encendido, “para darla sensación de que había alguien dentro”
“Entonces –agregó- , toda la instalación eléctrica fue revisada y especialmente la que llevaba energía al foco, que en el último piso dejamos encendido. Este, entubado totalmente, por ningún motivo pudo haber sido el causante del incendio”.

Por otra parte, las demás instalaciones quedan desconectadas, según el señor Albert, ya que se cortaron los switches cuando se cerraba “La Sirena”
La única hipótesis que encuentra del motivo del incendio es la que queda asentada. “Aprovechando el cierre de nuestras oficinas, algún ladrón pudo haberse introducido y provocar, por su desconocimiento el desastre”
El mismo sábado, el señor Albert había firmado un nuevo contrato por 5 años con los propietarios de la casa. Dijo también que la compañía de seguros se avocó por su parte y con todos sus recursos a las investigaciones del caso.
El propietario de “La Sirena” avisado desde el momento del siniestro guardo un estado de agitación muy considerable, dado que era “el alma de la empresa”, según dijeron sus mismos trabajadores.
La hipótesis de que el incendio pudo ser provocado por un ladrón fue convenientemente investigada, de otra manera, asentó el gerente de “La Sirena”, no se explica el fuego.
Confirmando la versión emitida por el responsable, en el sentido de que el incendio no pudo haber ocurrido accidentalmente, el apoderado de este, Guillermo Pasterling, alto empleado de “La Sirena”, declaró que se había cerciorado al cerrar la tlapalería, de que “todo guardaba las debidas condiciones de seguridad”.
Pasterling, día tras día, personalmente se dedicaba a recorrer todas las instalaciones de “La Sirena”, poco antes de que se cerraran sus puertas, con objeto no solo de evitar que los ladrones pudieran quedarse escondidos, sino que las substancias susceptibles de inflamarse estuvieran cuidadosamente guardadas.
El día de los hechos el apoderado del negocio, Pasterling, visito todas las instalaciones de la tlapalería, comprobó que todo estaba en orden y que no había ningún peligro aparente, al salir quitó los switches de todo el edificio, dejando únicamente encendido un foco en el último piso, el cual con su instalación llenaba todos los requisitos de seguridad.
“Así mismo, declaró que  “como en una tlapalería hay substancias inflamables, siempre se tenían las más estrictas precauciones con objeto de evitar un siniestro”
Tampoco el señor Pasterling consideró que el incendio tuviese alguna otra explicación, que no sea la intervención de manos ajenas a la ferretería.
EL INFIERNO, MUERTE Y LUTO
El Presidente Miguel Alemán, cuentan quienes estuvieron a su lado, al dar lectura del parte  de hombres firmado por el coronel Artemio Venegas, apenas pudo contener las lágrimas y elevó la voz para compartir aquella tragedia con sus más cercanos colaboradores.
El documento oficial señaló lo siguiente: “El fuego surgido en la ferretería y tlapalería “la Sirena”, destruyó en su totalidad todos los muebles, enseres, y objetos ahí existentes, por lo que de inmediato el personal procedió a su combate, con el agua de los tanques de las bombas.

“Con una estrategia definida, se ubicaron las bombas a manera de tener cubiertos todos los ángulos para extinguir el siniestro, no obstante lo cual, y después de horas de lucha, el edificio se derrumbó completamente.
“He de lamentar –señala el parte oficial-, el comunicar a la superioridad que al estar en los trabajos de extinción, el personal quedó sepultado. Entre los escombros quedaron los cuerpos del Teniente Coronel José Saavedra del Razo, Capitán Ponciano Quiroz Herrera, Sargento Manuel Zamora Jimarez, bomberos Daniel Hernández Popoca, Jorge Ruiz, José Balbuena, Eduardo del Castillo Negrete, Gustavo Salazar Bejarano, Ramón Arriaga Aceves, Miguel Ángel Sánchez, Benito Fernández Arteaga y Juan Ramírez Mancera.
“Después de una laboriosa remoción de escombros –continuo el parte- fueron rescatados los cadáveres de nuestros compañeros antes citados,  continuándose aún hasta bien entrada la tarde, la búsqueda de los demás compañeros”
Los encontrados a la hora de emitir el parte fueron Manuel Zamora Jimarez y Miguel Ángel Sánchez Preciat, Benito Fernández Arriete y Juan Ramírez Mancera, habiendo sido recogidos por una ambulancia de la Cruz Roja y trasladados al anfiteatro de la misma institución, de donde fueron traídos posteriormente a esta estación central, para ser tributados los honores póstumos.
 De la misma forma, resultaron con lesiones en diferentes partes del cuerpo, el subteniente Alberto Gallegos Noguez, quien fue recogido por una ambulancia  de la Cruz Roja e internado en el hospital de la misma, donde fue atendido.
Los bomberos Juan Hernández Castro, Ignacio Barbosa Bejarano, Mariano Rojano Heredia, Luis Cid del Prado, Gerardo Contreras Zavala, Armando Block Chávez y Javier Zamora Buenrostro fueron traídos a la clínica de la Estación Central, donde fueron atendidos de las lesiones recibidas.
CONDOLENCIA DEL PRESIDENTE
El Presidente Miguel Alemán Valdez, conmovido como toda la ciudad ante la tragedia y desatendiendo en su totalidad sus demás obligaciones, hizo acto de presencia en el lugar  del duelo, donde se alineaban los restos de los bomberos caídos en el inigualable cumplimiento de su deber, para manifestar el sentimiento de los mexicanos por la irreparable pérdida de los hombres del fuego.

Pero no sólo el Primer Mandatario manifestó su duelo, el pueblo piadoso se volcó durante el sepelio de los heroicos bomberos que cayeron en el arduo cumplimiento de su deber, toda la capital se inclinó al paso del cortejo fúnebre en un gesto de homenaje final a su abnegación y desprendimiento.
Humilde gente se apretujó a la salida del cortejo del edificio de bomberos a lo largo de las avenidas de la capital federal, el dolor era visible en todos los rostros, la procesión luctuosa fue encabezada por el jefe de la ciudad, Fernando Casas Alemán, a quien acompañaba el Procurador General de la República y otros altos funcionarios del estado mexicano.
Su entierro se significó como la más importante manifestación de duelo que se registró en el Distrito Federal y tres años después, en el aniversario luctuoso del siniestro de “La Sirena”  donde perdieron la vida 12  de sus mejores elementos, dos de los cuales dejaron como herencia a otros tantos símbolos en el medio artístico, uno de ellos, Eric del Castillo, hijo del sargento Eduardo del Castillo Negrete y otro Eduardo más, este Manzano, uno de los “Polivoces”, se prendió la mecha social.

INJUSTICIA CON LOS HEROES
La trágica muerte de los miembros del Cuerpo de Bomberos, dio motivo a que los nobles sentimientos de conmiseración de los metropolitanos se desbordara en un gesto póstumo de reivindicación en favor de los deudos caídos, se iniciaron colectas públicas para beneficio de sus familiares; el Presidente Miguel Alemán ordenó que se estudiara la manera de establecer el seguro  del bombero.
Por su parte, el sector artístico no se quedó atrás, Mario Moreno, “Cantinflas”, organizo y actuó en un gran festival cuyos productos se destinaron para auxiliar  a los familiares del servicio civil.

Se levantaron voces limpiamente a favor de los bomberos y sus familiares y hubo un gran eco entre autoridades y gobernados.
La Prensa se unió a esos sentimientos y en todo momento colaboró para el socorro de los familiares de las víctimas.
Hoy como ayer es vergonzoso comprobar que la Federación que paga sueldos fabulosos a legisladores y asambleístas, quienes además de los honorarios reciben sobresueldos y regalías, mantengan a los bomberos ganando sueldos de miseria como es fácil de comprobar.
La abnegación de los bomberos produjo casos como el del heroico Francisco Zúñiga, que después de 23 años de servicio, contrajo en el cumplimiento del deber, una enfermedad de la vista que lo dejo incapacitado para su trabajo y para cualquier otro desempeño laboral.
Este bombero, que murió casi totalmente ciego, nunca recibió apoyo alguno ni para sus más elementales necesidades.


En aquel entonces, un editorial del Diario de las Mayorías señalo que “Parece que solo cuando los bomberos son víctimas de algún siniestro como el que acaba de ocurrir, algunas autoridades se acuerdan de que constituyen un cuerpo heroico que no escatima ni su esfuerzo ni su vida en el bien social, que es librarla de hecatombes tremendas y en amenguar las que ya se han suscitado.
Son los bomberos, hombres decididos, infatigables, que marchan a cada paso en desafío de la muerte y quizás no obtienen otra satisfacción pública que las que les prodiga, eso sí, estruendosamente, el pueblo de  México cuando los ve desfilar gallardos y serenos, en las paradas militares.
Podemos decir que son estos hombres los que se llevan el lauro popular   del modo más sincero, espontaneo y admirativo.
Desde los niños hasta los ancianos, nadie se atreve a negar su reconocimiento hondísimo a los llamados tragahumo.
Ya quisieran para sí otros cuerpos, digamos el de la policía esta alabanza.
Pero son precisamente las autoridades quienes les regatean sus merecimientos, o los aceptan… en los discursos oficiales; pues cuando se trata de pagarles su labor como es debido, entonces la nómina no puede dar sino unos cuantos pesos a quienes luchan contra la muerte, destrucción de los demás bienes.


A través de La Prensa, los lectores se han enterado con frecuencia de las ocasiones en que los bomberos han acudido a este periódico delpueblo para reclamar de sus superiores unos salarios más de acuerdo con los trabajos que ellos desempeñan y, sobre todo, de acuerdo con aguijoneante realidad de la carestía de las subsistencias, sabemos cómo lo que ellos ganan apenas les alcanza para mal vivir
Y de cómo son los peores pagados aunque los discursos y las declaraciones los reconozcan como héroes.
Ojalá este espantoso, deplorable y mil veces desgraciado siniestro sirva siquiera para  que, aparte su altura esforzada, sea considerada en su cabal dimensión su derecho a la vida  en mejores condiciones.
La forma es pagándoles salarios más dignos.
Lo que toca al pueblo, este los tiene en su lista de predilectos desde hace mucho tiempo.
Si en los desfiles a que nos referimos hubiera “aplausómetros”, permítasenos el término, ellos se llevarían todos los galardones.
En 1918, el Presidente  Álvaro obregón, decretó que al Cuerpo de Bomberos se le incluyera la H. de Honorable.
Para 1951, el Presidente Miguel Alemán, hizo lo propio y cambio la H. de Honorable por la H. de Heroico.
EL MAYOR ORGULLO, MORIR EN SERVICIO







MI AGRADECIMIENTO.-                         Raúl Serratos y Zamora

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